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¿Que la comida salada te da sed? ¡Eso es lo que tú te crees! En realidad lo que te produce es hambre

Un estudio del Centro Aeroespacial Alemán (DLR, por sus siglas germanas) llevado a cabo durante una misión simulada a Marte ha llegado a la asombrosa conclusión de que, a largo plazo, la comida salada disminuye la sed y aumenta el hambre. Hasta ahora a nadie se le había ocurrido estudiarlo, porque “parecía demasiado evidente”, según afirman los investigadores.

Cada vez que te pasas con la sal, tu cuerpo aumenta la producción de orina. Hasta ahora se justificaba por un aumento del consumo de líquido. Pero la realidad es mucho más compleja. Natalia Rakova y sus colegas trabajaron con una decena de voluntarios varones confinados en naves espaciales para simular un vuelo al planeta rojo.

Y tantearon lo que sucedía al modificar las cantidades de sal en su dieta. De este modo, comprobaban que el aumento de la sal activaba un mecanismo para conservar el agua en los riñones.

Antes del estudio, la hipótesis dominante era que los iones cargados de sodio y cloruro en la sal se agarraban a las moléculas de agua y las arrastraban a la orina. Pero la investigación mostró algo diferente: la sal se mantuvo en la orina, sí, pero el agua “regresó” al riñón y al cuerpo. Como si diera marcha atrás.

Desconcertados por los resultados, los investigadores pusieron en marcha una serie de experimentos en ratones. Y descubrieron que todas las pistas apuntaban a que la responsable de esta inesperada respuesta era la urea.

Esta sustancia se forma en los músculos y el hígado, y es una forma de expulsar el nitrógeno sobrante. En ratones, la urea se acumulaba en el riñón, y su alta concentración conseguía contrarrestar la fuerza de extracción de agua que tienen el cloro y el sodio excretados en la orina. Y evitar la deshidratación.

Sin embargo, la síntesis de urea requiere mucha energía. Y eso hace que los roedores con una dieta alta en sal necesiten comer más. La sobreproducción de urea que implica una dieta salada dispara su apetito. Y lo mismo sucedía en los ensayos con cosmonautas humanos, que tras recibir una dieta salada manifestaban estar hambrientos.

“Los riñones, el hígado y el músculo forman una red de regulación fisiológica para controlar el volumen de líquidos extracelulares y la excreción de sales y agua”, concluyen los investigadores en Journal of Clinical Investigation.

Con esa triada, el cuerpo ha diseñado una sofisticada estrategia para que, cuando nos pasamos con la sal, expulsemos el sodio sin que junto a él se elimine más agua de la debida. Tanto es así que, a largo plazo, consumir excesiva sal no solo no aumenta la sed sino que la reduce.

 

 

 

 

 

Fuente: tecnoxplora.com

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