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El barrio del Papa, una parada obligada de turistas en Buenos Aires

En la tranquilidad de las angostas calles de la avenida Varela, al oeste de Buenos Aires,  ya es común, ver a  turistas, de cualquier parte del mundo,  preguntar  cómo llegar a la casa donde nació el Papa Francisco. Los vecinos son cordiales y siempre están prestos a ayudar, con una grata sonrisa explican y dan la dirección exacta; están acostumbrados. Los residentes se han convertido como en una especie de “guías turísticos”.

Quien no tenga la coordenada exacta  seguro se perdería. No hay señalización alguna que conduzca hacia la casa natal, solo cuando se está frente a la vivienda signada con el número 238 se puede observar una placa de mármol blanco   grabada en la que se lee: “En esta casa nació el Papa Francisco el 17 de diciembre de 1936”.
Tomarse una foto frente a la pequeña casa blanca de  puerta grande de hierro forjado con ventanal y contemplarla por un rato, es lo más cercano  que puede estar el turista y los fieles del Pontífice ya que  la casa aún no ha sido convertida en un museo. No hay posibilidad de entrar a menos que se conozca a  uno de los inquilinos que viven allí.

La historia de la casa donde  Jorge Mario Bergoglio se conoce cuando se escucha de la voz de Daniel Vargas, un historiador que conduce el circuito papal, un recorrido guiado en Buenos Aires que adentra en la infancia y adolescencia del Papa  por los sitios del barrio de Flores que han marcado su vida e influenciaron en su sacerdocio.

El historiador lee en voz alta, en medio del tour, el acta de nacimiento original. Mario José Francisco Bergoglio, de 28 años,  italiano, y  la argentina Regina María Sívori, de 25, vieron nacer a las 9:00 de la noche en la casita de Valera 238, a Jorge Mario, quien se convertiría  en el primer papa latinoamericano.

Ese vecindario tranquilo, silencioso y de árboles grandes que dan sombra a toda la calle fueron testigos solamente de los primeros cinco años de la infancia.  La casa natal no se asemeja a lo que fue en 1936. Desde el pasado se puede ver ahora el presente. La construcción ha sufrido modificaciones, y hasta los momentos no hay voluntad de restaurarla para que vuelva a ser la casita donde nació el Papa.

La edificación se convirtió en lo que en Argentina llaman un “PH” — propiedad horizontal—, un domicilio  remodelado donde hay tres apartamentos. En uno de ellos vive una familia, en  el otro un adulto mayor y el tercero está desocupado.

Todos están alquilados, el propietario está consciente del  valor histórico que posee la estructura, pero tampoco, ha hecho el esfuerzo de hacer de ella en vez de un lugar residencial, otro de interés turístico. Incluso, ganaría muchísimo más dinero por cobrar una entrada a la casa que por el mismo arrendamiento. Al mismo estilo que la vivienda de Frida  Kahlo en México, donde la entrada cuesta 200  pesos (11 dólares) o la de Ana Frank en Amsterdam (9 euros).

“La familia fue creciendo en hijos, entonces los papás se vieron en la necesidad de mudarse a una vivienda más amplia. Dejaron la casa de la calle Varela, que resultaba pequeña, y se trasladaron a Membrillar”, explicó Vargas.

A seis cuadras “llaneras (muy largas), 800  metros o más específico nueve minutos caminando a paso  acelerado se llega a la  vivienda donde el Papa creció junto a sus cuatro hermanos y padres. En la casa ubicada en la avenida Membrillar 531, Jorge Mario Bergoglio sintió la vocación de servir a Dios. Vivió allí hasta los 22 años cuando se marchó al seminario  a cumplir el sacerdocio.

En la edificación de Membrillar ocurrió lo mismo de Varela. Los padres del Pontífice vendieron el inmueble en la década de los 60 y sus nuevos propietarios derrumbaron todo lo que fue en otrora. Actualmente es una quinta de dos pisos  de fachada de ladrillos y reside una familia de abogados.

También, lo único que vincula la  casa al Papa, es una placa conmemorativa que colocó el Gobierno de Buenos Aires, cuando abrió el recorrido turístico.Encontrar en el vecindario a una persona que haya conocido en la adolescencia al Pontífice es tarea difícil. Todos  se han mudado o fallecido.

“La última conocida del Papa que residía en la calle murió el año pasado. Alcancé a escucharle decir, entre los anécdotas, que siempre solía narrar contenta por las tardes, que a Jorge Mario le encantaba jugar fútbol en las canchas cercanas y lo veía con su uniforme caminando al colegio a pocas cuadras”  cuenta Elena Sosa,  una jubilada que pasa su vejez compartiendo con sus nietos en la casa contigua a la vivienda de  de dos pisos de ladrillos rojos.

“En esa casa hasta vivió una familia judía”, deja en descubierto Sosa.
Durante el paseo, el guía poco a poco deja conocer detalles del pasado de la máxima autoridad de la iglesia católica.

El historiador cuenta que Jorge había ocultado su vocación y dijo a su familia que iba a estudiar Medicina. Su madre dispuso para él un cuarto en esa casa para que pudiera estudiar mejor, pero un día descubrió que la mesa estaba plagada de libros, pero no de medicina sino de religión, y lo increpó por la supuesta mentira. “No, mamá, estudio medicina… medicina para el alma”, dicen que respondió.

Entre la veintena de sitios  a conocer en el circuito papal se encuentra el colegio Nuestra Señora de la Misericordia, donde Jorge hizo el jardín de infantes y tomó la primera comunión.
Ver a los niños salir  del plantel al sonar el timbre de salida  a las 6:00 de la tarde, es poder imaginar por un momento al Papa de pequeño hacer lo mismo por los pisos de granito de la escuela que ocupa una manzana entera.

Adulto convertido en Vicario de Flores y luego como Arzobispo de Buenos Aires, Jorge Mario siempre solía, después de misa, ir a visitar a las monjas de la Misericordia y tomar una taza de té con ellas.
“Cuando celebró su primera misa lo hizo en la capilla nuestra. Siempre  venía, cuando vivía en Buenos Aires a este lugar, porque lo quiere mucho. Tenía a unas hermanas que ya fallecieron como sus madres.  Siempre fue muy cercano a la gente, compartiendo, muy carismático, humilde y sencillo. Siempre llegaba en colectivo (bus) a esta casa y cuando terminaba su té, lavaba su taza. Está haciendo lo que vivió entre nosotros, es igualito a cuando estaba acá”, cuenta a PANORAMA, la hermana Teresa Rovira, de 78 años.

En el barrio de Flores guardan especial afecto al Sumo Pontífice y desde que asumió el cargo, los lugareños lo bautizaron “El Papa de Flores”.

“Siempre venía, nunca olvidó a su gente, a sus raíces, a sus calles  con grandes árboles y avenidas. Ahora rezamos por él y esperemos que algún día pueda regresar y estar cerca de nosotros convertido en Papa”, dice una residente.

A pesar del esfuerzo del Gobierno local en mostrar la vida del Su Santidad, al barrio le falta más impulso turístico, mayor arraigo histórico. Podría convertirse, por su valor universal, en uno de los atractivos con mayor interés entre turistas, locales, curiosos y fieles.

Por las calles no se observa ni una sola tienda de recuerdos alegóricos al Papa. No hay nadie que venda una taza, un llavero, un imán o cualquier  otro souvenir para atesorar.
Después de tres horas de recorrido (la opción en autobús), el paseo va llegando a su final, dejando un gran conocimiento histórico.

La última parada es la más espiritual, donde cualquier turista puede sentir una conexión importante con los designios de Dios. Es la  Basílica de San José de Flores, la iglesia a la que acudía la familia Bergoglio y en la que Jorge Mario dio sus primeros pasos en el servicio católico. Justamente al entrar, está un pequeño confesionario de madera, el mismo en el  que Jorge Mario sintió, el llamado al sacedorcio, a sus casi 17 años. Sin saberlo, escribió una página en la historia.

 

 

 

 

 

 

Fuente: panorama.com.ve

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